Cada mañana, al despertar, cuatro
jóvenes científicos veían danzar los rayos del sol entre las miríadas de los
peces plateados llamados agujas, y por las puertas de plástico observaban
cardúmenes de pargos amarillos que pastaban en las paredes coralinas vivas,
limítrofes de su habitación submarina en el Caribe. Después del desayuno se ponían
sus equipos de escafandra autónoma y salían del vestíbulo a prueba de tiburones
para nadar, hombro con aleta, con otros de sus vecinos: la macarela, el pez
ámbar, el escaro azul verdoso y las pomacéntridas de rayas vistosas.
Tal fue el exótico ambiente de un
programa denominado Tektite I. Durante 60 días (el doble de tiempo que otros
buzos) los cuatro oceanógrafos vivieron y nadaron en el fondo de la bahía
Lameshur frente a la isla St. John, en las islas Vírgenes. NI una sola vez
desde el 15 de febrero hasta el 15 de abril salieron a tomar aire. Demostraron
que el hombre puede conservarse con buena salud física y mental viviendo como
un pez entre los peces durante largos períodos y haciendo al mismo tiempo un
trabajo útil. También demostraron que la mejor manera de estudiar el ambiente
oceánico en sus cambios incesantes es convertirse en parte íntima y
semipermanente de él.
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